El clorito sódico es un producto
de uso industrial que se utiliza para desinfectar agua y blanquear papel y
telas. Está asimismo presente en dentífricos, geles, caramelos, chicles y en
las sustancias de limpieza de aparatos quirúrgicos. Fue usado
terapéuticamente por primera vez en 1926 a una concentración del 3,5% con el
nombre de Oxígeno Estabilizado por el Dr. William Koch quien lo
aplicó en niños con retraso mental en la creencia de que su ingesta liberaría
oxígeno no tóxico en su cerebro y éstos mejorarían. Fracasó porque el oxígeno
liberado se combinaba con los hidrógenos del organismo y se transformaba en
agua. Era pues inocuo pero no ayudaba a esos enfermos.
Debieron pasar luego muchos años
hasta que alguien se interesó en volver a estudiar científicamente sus
posibilidades terapéuticas. De hecho la primera referencia que hemos
encontrado data de 1990 cuando los doctores Yu-Shiaw Chen y James
M. Vaughn dieron a conocer un trabajo tituladoApplied and
environmental microbiology que presentaron ante la American Society
for Microbiology sobre el papel del ClO2 en la eliminación de
rotavirus en monos y hombres. Posteriormente, en el año 2000, el Dr. Friederich
W. Kühne aprovecharía lo que había leído y patentaría el 11 de julio en
Estados Unidos (patente nº 6.086922) cómo tratar el VIH y el SIDA
con ClO2. Y se dedicó a comercializar sus tratamientos a precios
abusivos hasta que vendió la empresa por cuatro millones y medio de dólares.
Así llegamos a cómo Jim Humble
descubrió el dióxido de cloro por casualidad. Él y sus colaboradores estaban
en 1996 buscando oro en la selva de la Guayana -lugar donde la malaria hace
estragos- y usaron Oxígeno Estabilizado –que no es sino clorito sódico
diluido al 3,5%- para purificar el agua que bebían. Fue cuando comprobaron
que quienes sufrían la malaria sanaban repentinamente cuando bebían el agua
así tratada. Aquello le llamó poderosamente la atención y tras probar en
muchos enfermos y ver que sus síntomas desaparecían decidió investigar qué
reacción bioquímica podía estar logrando aquello.
Un par de años después llegaría a
la conclusión de que combinando clorito sódico diluido en agua al 28% con un
ácido débil como el ácido cítrico –también sirven el vinagre y el limón
aunque su reacción activadora es mucho más débil- e ingerido disuelto en agua
o zumo se genera un gas, el dióxido de cloro, que tiene efectos curativos
sorprendentes en caso de malaria. Así que decidió acudir a las autoridades de
aquellos países africanos y americanos donde esta enfermedad hace más
estragos para que se lo proporcionaran a los enfermos y sanarles. Una
iniciativa tan loable como inútil porque pronto comprobaría cómo la industria
farmacéutica presionaba tanto a las autoridades sanitarias como a los
representantes de los colectivos médicos con los que había contactado para
evitar que se utilizara el MMS. Les bastó decir que si promocionaban aquel
producto dejarían de recibir vacunas y medicamentos para otras patologías.
Fue cuando Humble decidió
escribir un libro titulado El milagroso suplemento mineral del siglo XXI
-que consta de dos tomos- en el que contaría su descubrimiento, sus
vicisitudes –incluida la persecución que sufrió y le obligó a dejar Estados
Unidos para refugiarse en México- y cómo obtener el MMS. Libro que luego colgaría
gratuitamente en Internet para que la información estuviera accesible a
cualquiera. Lamentablemente la traducción al español que de esa obra hay en
la red quita credibilidad al contenido. Hemos de agregar que aunque en ella
Humble explica cómo fabricar el MMS en la cocina de cualquier casa de forma
sencilla –e incluso de forma masiva-, en la actualidad no lo aconseja tras
comprobar que ha habido algunos accidentes por interpretaciones erróneas de
los pasos a seguir. Es pues mejor, en caso de estar interesado, obtenerlo a
través de Internet en aquellos países en los que aún se permite su venta